Cuando sonó el teléfono en la casa de Belinda, sabía que era
“el chori”. No me equivoqué. A los pocos minutos descendía desvencijado desde
el bus que lo traía hasta la casa, sosteniendo como podía la mochila desarmada
por tantos kilómetros, por tantas horas.
El abrazo fue cálido y urgente, de esos que uno atesora para
repartir con discreción. Nos volvíamos a ver, y vaya en qué circunstancias. Si
a la distancia podía parecer todo un sueño, ahora, en Guatemala, era una
ratificación de que los caminos podían volverse reales.
Nos tiramos en el pasto a matear y mirar el lago y a
conversar como si estuviésemos en Plaza Rocha; y nos sumergimos en la cocina a
saborear comida caliente y amiga; y apuramos un Termidor con Coca Cola; y jugamos
unas partidas de chinchón. Por momentos, resultaba raro sentirse en Guatemala,
aunque rápidamente la realidad predominaba si mirabas a tu alrededor y te
descubrías entre las montañas, siendo espectador de lujo del Lago Atitlán, que
reúne a su alrededor a doce pueblos, quienes llevan el nombre de los doce
apóstoles.
Luego de un paso por Panajachel, cruzamos en lancha hasta
San Pedro, un pueblo completamente diferente a los que hasta entonces habíamos
visitado. Su primera característica que la distingue es que no tiene calles, o
las tiene muy pequeñas, ya que no transitan autos, sino motos, bicicletas o
pequeños compartimentos que funcionan como taxi.
Entonces el pueblo está unido por senderos que lo serpentean
y lo atraviesan como venas. A cada lado se levantan pequeños cafés, mercados
artesanales y alojamientos. Es un lugar donde lo turístico está presente en
cada uno, en lo que puedas hacer con el paisaje y en tu capacidad de sentirte
interpelado por la lluvia y el aire fresco.
La idea es mañana salir temprano en kayak hasta un pueblo
vecino. Sabemos que luego del mediodía seguro llueve y tendremos que
refugiarnos en el hostel a tomar café caliente, comer pan casero de banano y
matear. Sabemos que tendremos que guardarnos a leer, a sentir el calor de las
frazadas en los pies descalzos y a mirarnos, cada uno desde su cama, para
comprobar que la vida tiene guardada estos aces que nos hacen tan felices.
La amistad no tiene límites ni fronteras, brinden por eso! Los quiero mucho, Euge
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