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sábado, 21 de julio de 2012

Puerto Viejo

Me pregunto cómo es Puerto Viejo. Es un balneario, si, sobre la costa caribe, que tiene una ola conocida y fuerte, sólo para expertos y que se llama Salsa Brava, pero no es sólo un pueblo surfero, también vienen familias y muchas, para hacer playa, caminar por los senderos verdosos y respirar otra cosa a lo que se respira en la ciudad.
Muchos locales, igualmente, se acercan a Puerto Viejo por el fin de semana. ¿De dónde es esta gente? No lo tengo en claro, tal vez de San José o de alguna otra ciudad que se encuentre por estos pagos.
La comunidad negra es, en líneas generales, rasta. No puedo evitar decirlo: todo en Costa Rica tiene un olor a falso, hasta lo que no es. El rasta de Costa Rica no es el mismo que el de Guatemala. Tampoco quiero tener un rastranometro, pero si bien es cierto que el espíritu está, noto que todo está muy al palo, pibes de reviente, locales queriendo hacer un bille, un gran aguantadero.
Hay un Puerto Viejo careta, familiar, bacanazo. No mucho, pero lo hay. En una rareza conviven en pocas cuadras, y todo en armonía, con otro sector social que es algo así como el desterrado o el marginal del caribe. El que te vende mota, el que te fríe unas patís (carne y pimienta) y el borracho. Todos fuera del estallido de colores yanquis que también está presente y que digamos impulsan desde sus hostels, bares, hábitos. A nosotros nos tocó en un aguantadero de turistas de fin de semana, drogadictos crónicos, grupetes salidos de algún lado. No es relax, aunque se lo encuentra y todo el tiempo.
Hacia la izquierda Playa Negra y hacia la derecha un beach break pero que aún no ha funcionado. Ambos fueron escenario de nuestros mates. Vero aprovechó para hacer malabares con pois, una danza sensual de movimientos de muñecas con cintas. Yo también probé y fue raro empezar a sentir partes de tu cuerpo, un poco olvidadas. Sensación similar me pasó  cuando relajamos unas posiciones de yoga en el atardecer y conecté con la idea de armonizar cuerpo y mente.
Así dos días, hasta hoy.

jueves, 19 de julio de 2012

San José

La ciudad de San José de Costa Rica tiene algunas peculiaridades que la vuelven completamente distinta a la de sus colegas capitales centroamericanas. En principio tiene un centro comercial que se encuentra por fuera de los mall, es decir que replica una variante conocida: una calle peatonal principal donde se erigen los negocios de ropa, bancos, cafés, librerías. Parecería absurdo escribir esto, pero ni Managua, ni San Salvador, ni Tegucigalpa tienen esta estructura demográfica.

Pero lo verdaderamente asombroso es que casi no vive gente en el centro de San José. Y digo más: para toparse con casas hay que irse bien lejos del casco principal. Nos resultaba extraño, ni bien dimos nuestras primeras vueltas, los pocos autos que veíamos y el poco tránsito en general que había en las calles. Pero claro: allí no habita casi nadie, con lo que sólo la gente se moviliza hasta el centro para ir a trabajar o estudiar.
La repercusión directa de este fenómeno es que no existen los edificios. Insisto: no existen los edificios en la capital de Costa Rica. Y mientras escribo esto pienso si acaso existían los edificios en Managua o Tegucigalpa o San Salvador. Tal vez no y nunca me percaté. Pero acostumbrados a los rascacielos porteños, caminar por capitales donde sólo hay casas o negocios horizontales es una rareza.
Así que el ritmo de la ciudad, con excepción de las horas pico, es paciente, manso, cadencioso.

Una comida típica reciente
Nuestros anfitriones de Couchsurfing nos llevaron a Rafas, un barcito donde comer “chifrijo”, una comida típica costarricense que consta de frijoles, tomate y carne. ¿Una comida típica? Bueno, aquí hay una historia y data sólo de un par de años, digamos menos de diez. Resulta que un buen día, al dueño de un bar, se le ocurrió hacer ese preparado para acompañar las cervezas.
Y fue tanto el éxito obtenido que los otros bares y restaurantes comenzaron a imitarlo, a tal punto que hoy se ha convertido en un deleite que nadie que visita este país puede irse sin probarlo. Esta historia me fascinó, porque funcionó, al menos para mi, como una demostración de que estamos vivos, de que la historia está vigente y que no somos meros reproductores de costumbres.

La Noche de los Museos
Por esas cuestiones de la suerte justo pegamos La Noche de los Museos. Nos enteramos el día anterior, cuando habíamos ido a visitar el Museo de Oro Precolombino y nos habían querido cobrar once dólares per cápita.
Entonces un cartel anunciando el evento. Yo, argento, me acerqué sigilosamente y luego de evacuar algunas dudas nos confirmaron la noticia: al día siguiente podrían visitarse todos los museos de la ciudad gratis. Fue así que decidimos quedarnos un día más en San José para no desaprovechar tamaña oportunidad, además de seguir compartiendo momentos con nuestros anfitriones, Charly, Marco, Rudy y Maciel, cuatro personajes entrañables y bohemios con los que intercambiamos algunas concepciones de música e infinitas charlas sobre la vida de los sapos y la posibilidad cierta o no de que calles paralelas puedan toparse.

sábado, 25 de febrero de 2012

Mordiendo el polvo

Centroamérica, a diferencia de lo que sucede por ejemplo en Argentina, sólo reconoce dos estaciones climáticas y no cuatro: la temporada seca, que va de
noviembre a mayo y la temporada húmeda que ocupa los meses restantes. Este es un dato que sabía antes de viajar pero nunca lo había imaginado tan tajante. Desde que llegamos a Panamá, sólo llovió una vez y muy poco. Naturalmente, que no llueva por tantos meses ocasiona diversas consecuencias pero una que ha llamado mi atención, tal vez por la cercanía cotidiana, es la cantidad de polvo que se acumula en las calles (que son de tierra) volviéndose por momentos intransitables. Entonces los que van en moto o en cuatriciclos (la mayoría) lo hacen con las caras tapadas por pañuelos y los que van caminando que Dios los ayude. Lo increíble, de todas formas, es observar el polvo acumulado en las hojas y plantas al costado de las calles. Por momentos, en un ataque ecológico, dan ganas de ir, despacito, sacándoles todo eso con un trapito húmedo así vuelven a brillar.

viernes, 24 de febrero de 2012

Durmiendo en tu sofá

Hoy es nuestro último día en Santa Teresa, así que decidimos no surfear por la mañana y aprovechar para conocer una pequeña playa llamada La Lora, un point que eligen muchos surfistas porque saca una ola más orillera y rápida que la que está frente al pueblo.
Nos damos cuenta, además, que el físico no es el mismo después de meterse durante tantos días seguidos: los músculos se fatigan, sobre todo los hombros y los tríceps, los dolores por los cortes no ceden, y el cuerpo, en líneas generales, está cansado. Parar un poco también es una buena opción para conocer sitios que de estar dentro del agua uno se perdería.
Como decía al principio, hoy es nuestro último día en esta playa, antes de partir camino a Nicaragua. No sabemos cómo ir ni cuánto nos llevará, pero la idea es estar, tal vez el lunes, en tierra nica. Por ello ya nos pusimos en movimiento y nos registramos en Couchsurfing, que es un espacio virtual pensado para viajeros que buscan hospedarse o simplemente conocer personas de los lugares a los que llegan. La cosa funciona más o menos así: si querés ir a Managua (como es nuestro caso), te fijás la lista de gente que ofrece una cama en esa ciudad, o un patio para acampar o llevarte a dar un paseo o invitarte a comer o infinitas opciones. Esto hace que el viaje resulte más barato, además de la posibilidad de involucrarse de otra manera con los lugareños y su cultura. Ya nos contactamos con dos chicas que probablemente sean nuestras futuras anfitrionas. De ser así, esta sería nuestra primera experiencia en viajar de esta manera.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Santa Teresa

Hace tres días llegamos a Santa Teresa, un balneario al extremo sur de la Península de Nicoya. Para ello tuvimos que tomar un bondi hasta el puerto de Puntarenas, de ahí un ferry hasta Paquera, y otro bondi hasta aquí. Igual que en Panamá, el sistema de transporte en Costa Rica es de tramos cortos y a veces para hacer cien kilómetros hay que tomarse varios colectivos.
Cuando estábamos entrando al pueblo una rubia nos propuso ir al hostel donde trabaja y, como era barato, aceptamos inmediatamente. De este modo, pusimos la carpa en un lugar espacioso y con mucho verde, manejado por israelitas. Y todos los huéspedes son israelitas, con excepción de otro argentino. Así que todo transcurre en hebreo, algo extraño para nuestros oídos.
Como decía, el camping tiene muchos espacios recreativos, entre ellos, un sector de camas paraguayas que se encuentra debajo de los árboles y da sombra todo el día, un aro de básquet, una mesa de pool, internet gratis, cocina equipada y cómoda, y varias mesitas de madera ideales para matear a la tardecita luego de una sesión de surf.
Cuento estas comodidades porque hemos pasado por cada lugar que cuando se llega a un sitio agradable uno quiere compartirlo.
Por las mañanas aprovechamos para surfear y después descansamos hasta las 16 o 16.30, que es cuando nos volvemos a meter. En el medio jugamos al pool y al 21. Estamos como dos nenes divirtiéndose con los chiches nuevos.

Yerba buena
Me había olvidado de contarles que en Playa Jacó se dio un hecho inesperado que nos llenó el espíritu: ¡conseguimos yerba! Sucedió en un supermercado, mientras hacíamos las compras cotidianas de leche, frutas y algo para comer. Nos había sorprendido ver cerveza Quilmes y vino Uvita en tetra en las góndolas, así que en el fondo teníamos una leve sospecha de que por ahí tendríamos suerte. Y sí: nos llevamos el último paquete de medio kilo Taragui por cinco dólares, como para seguir tirando. Y mateando.

domingo, 19 de febrero de 2012

Carnaval toda la vida

Cuando nos enteramos, hace caso de una semana, que este fin de semana eran los carnavales en Puntarenas sabíamos que estaríamos allí, en parte para disfrutar de un evento masivo y popular, pero también para que mi cumpleaños me encuentre de parranda.
Y así fue. Llegamos ayer sábado y logramos poner la carpa en el patio de un conventillo. Fue lo único que encontramos en un pueblo convulsionado y excitadísimo que copaba todos los hoteles y sitios donde dormir y que se volcaba a la calle al palo, tomando mucha birra y con la música a fondo.
Puntarenas se encuentra a casi dos horas de San José, así que mucha gente de la capital se traslada por el fin de semana colapsando los supermercados, las calles, los restaurantes. El carnaval se desarrolla a lo largo de la costanera, que tendrá casi dos kilómetros y en su recorrido se puede encontrar de todo: bebidas, pinchos con pollo, helados, churros, regalos, gorro, bandera y vincha.
Ayer la jornada de carnaval terminó con un recital del hijo de Bob Marley así que el espíritu rasta vibró como nunca. Era raro encontrarse con jamaiquinos, bailando y escuchando su música. Pero allí estábamos, en medio de esos pelos enroscados, pitando cigarros cannabicos que circulaban generando un ritual intenso y mágico.
Finalmente, lo que cerró la jornada de hoy fue el desfile multitudinario de comparsas que nos tuvo bailando y moviendo el culo por más de tres horas, meta un pasito para acá y un pasito para allá.
Hace poco llegamos al conventillo, muy cansados, con hambre y sucios. Las luces del carnaval se apagan, lentamente, y la música ya suena esporádicamente y con un volumen más bajo. La caravana de autos con destino a San José es una larga fila de autos parados. Pienso que mañana la gente se levantará a trabajar, a estudiar, a seguir su vida. Que vuelve el pobre a su pobreza, el rico a su riqueza, y que esta noche, al menos, se acabó la fiesta.

sábado, 18 de febrero de 2012

Sólo 26 años

Lo increíble de verte cumpliendo años, después de tantos de conocernos, es que cada vez te sienta más joven. Más fresco.
Entre las miles de charlas que tenemos diariamente me dijiste: “la diversión como concepto estructural de nuestras vidas” y quedó flotando en mi cabeza. Claro, eso resumía lo que significa tener un espíritu joven. Muchas ganas de exprimir la vida.
Por eso hoy, desde Centroamérica, tan lejos de todo pero tan cerca de nuestro deseo por conocer el mundo, cumplir años no es más que un recordatorio de que el tiempo pasa, pero tu energía sigue vibrando igual que siempre.
Te amo, menuda maraca.


Feliz  feliz cumpleaños!
Tu china.

viernes, 17 de febrero de 2012

Sobre lo bizarro

Cuando llegamos a Playa Jacó pensamos que estábamos llegando a un pueblo minado de gringos, como cualquier otro en Costa Rica que quede sobre la costa. No es que no sea tan así, de hecho hay muchos turistas, pero hemos encontrado un inusual refugio donde logramos mantenernos relativamente al margen. Se trata del único camping del lugar. Decir que esto es un camping es una concesión al nombre que lleva en la puerta porque, a decir verdad, es de lo más precario que hasta ahora hemos visto.
Baños sin luz y llenos de mierda y mosquitos, poca seguridad (un portón de reja que siempre está abierto nos separa de las calles), y a olvidarse de servicios de almacén. Para ser más claro: se trata de un terreno inmenso que se encuentra en el fondo de un restaurant. Parece que los dueños, sin saber qué carajo hacer con esto, metieron tres postes de luz y clavaron el letrero en la puerta. Acá estamos nosotros. Lo bueno, tengo que decirlo, es que pagamos seis dólares por persona (muy barato para Costa Rica) y estamos a cincuenta metros del mar y veinte de la calle principal. La rutina, como no podía ser de otra manera, consiste en una sesión de surf que nos lleva toda la mañana y, al regreso, fruta y mate para recomponer fuerzas.
No hay muchas cosas para hacer en Playa Jacó, así que a la tarde nos divertimos jugando al chinchón y recorriendo el parque de diversiones que está enfrente nuestro. Acá tengo que hacer un parate porque no soy claro cuando digo parque de diversiones y ustedes acaso pueden pensar que hablo de algo parecido al Parque de la Costa o a Disney. Nada más lejos. Porque no es, estrictamente, un parque de diversiones. Tiene juegos como el barco y una montaña rusa (que da una vuelta)
donde suenan todos los tornillos, pero también tiene puestos de comida, actividades tipo kermese (meta el aro en los palitos y gánese un oso peluche que no sirve para una mierda) y barcitos donde, en algunos, hasta tienen el tupé de hacer karaoke. El que mejor cantaba me hizo acordar a papá cuando, medio en pedo, agarra la guitarra en Año Nuevo y le canta “Yo tengo unos ojos negros” a mamá.
Como sea, este paseo siempre es divertido. Ayer a la noche, comimos unos pinchos de pollo y, como nos quedamos con hambre, le entramos a unos sandwichitos mientras veíamos los autitos chocadores. Después discurrí un tiempo sobre el concepto de lo mersa y lo bien que me sentía en esos escenarios.
Como a las 22 nos metemos en la carpa. A partir de ahí, se desata una lucha entre el sueño y el hijo de puta que canta enfrente que te deja las orejas a la miseria. Aunque él crea que canta bien.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Dueño de mis palabras

Como siempre, las decisiones del próximo destino las tomamos en la parada del bondi. No es adrede. Creo que se activa un dispositivo de claridad que nos permite identificar mejor cuál es el rumbo a seguir. De este modo, mientras nos preparábamos para un viaje hasta Playa Jacó, preferimos quedarnos a mitad de camino, en Manuel Antonio, donde se encuentra el parque nacional homónimo.
A pesar de costarnos un ojo de la cara, el paseo valió la pena, porque estuvimos en playitas escondidas, transitamos senderos que abrían la selva a cada lado mientras mirábamos como los monos de cara blanca jugaban en los árboles. Hasta nos resultó gracioso que un mapache nos choreara un mango que habíamos llevado para comer. Terminado el paseo, que nos llevó todo un día, partimos.

Playa Jacó
Cuando me bajé del colectivo que nos dejó sobre la ruta, a la entrada de Playa Jacó, estaba convencido que escribiría un post puteando contra todo Costa Rica. Con este país sucede lo siguiente: como están acostumbrados al turismo yanqui, se piensan que todos lo que cargamos mochilas al hombro somos gringos. Un país pensado para el turista, no para el viajero. Entonces se aprovechan y quieren cobrarte de más, en todos los rubros, sobre todo transporte. Todo esto genera una situación de mierda, donde yo me peleo porque no les quiero pagar y Vero se enoja conmigo porque yo me enojo.
Como decía, al bajar del bondi quería escribir de manera de sacar tanta calentura que tenía dentro mío. Pero a partir de ahí se sucedieron una serie de fenómenos que me hicieron echar para atrás, a saber:
-Un lugareño me pagó de su bolsillo un agua mineral al verme entrar al quiosco hecho una piltrafa.
-Me acordé de Iván, quien estuvo con nosotros el finde pasado y nos compartió su comida.
-Una familia nos regaló gallo pinto (arroz con frijoles) porque les había sobrado, salvando así nuestra cena.
-Hoy, en el camping, una pareja nos regaló una sartén, un tomate y nos convidó banana frita y como  cincolitros de agua potable.
Estas y otras cosas me hicieron reflexionar y me obligaron a agudizar la mirada sobre de quiénes recibimos hostilidad y de quiénes hospitalidad. Por suerte, ahora, no debo sentirme mal por haber escrito una caterva de insultos al aire, insultos de los cuales difícilmente uno pueda desdecirse.

lunes, 13 de febrero de 2012

Cuando el sol se va

Es una costumbre, en los pueblos costeros de Costa Rica, salir a ver la puesta del sol. La gente abandona sus quehaceres para tomarse unos minutos y despedirlo. Son cinco o diez minutos de un fuerte contacto con la naturaleza, viendo como el sol se guarda dentro del mar dejando atrás un cielo multicolor, por momentos naranja, por momentos rosa, por momentos amarillo y violeta. Familias enteras, grupos de amigos, empleados que se toman un break: todos descalzos sobre la arena, algunos abrazados, en silencio, contemplando tamaño espectáculo natural. 

sábado, 11 de febrero de 2012

Desde afuera

Luego de pasar unos días increíbles junto a Leonardo y su familia en Pavones decidimos continuar nuestro viaje. El lugar elegido fue Dominical, un balneario que se encuentra sobre la costa pacífica y casi en la mitad del país. Si de Boquete pude decir que era San Martín de los Andes, a Dominical debo caracterizarlo como lo más parecido a Cariló, pero con mucha onda surfer. Parece rara la mezcla, pero se explica por los siguientes ingredientes: turistas (no viajeros) en su mayoría gringos que vienen de vacaciones (de joda, digamos); bares sobre la playa, música de moda; olas gigantes y un clima de 30 grados sea día o noche. Esto genera que todo sea muy caro (Costa Rica es carísimo en general), y que muchos surfers pudientes vengan a pasarse unos lindos días de olas y fiesta.
Nosotros, que curtimos otra onda, tratamos de aprovechar para caminar por sus callecitas de arena que se doblan como serpientes y que están abarrotadas de artesanos, para leer en las camas paraguayas del camping, para conversar con los pocos viajeros y recabar información sobre próximos lugares, y para disfrutar de la playa, donde los atardeceres son ideales para matear (la birrita, obvio, es muy cara).
Un puntito surfeando una ola de 4 mt.
Lo que todavía no podemos digerir es el tamaño de las olas. Esta es la primera vez que nos quedamos viéndolas desde la orilla. Tienen entre tres y cuatro metros y, claramente, nuestro nivel no nos permite meternos a correr esas paredes de agua que asustarían a cualquiera. Es una lástima porque todo está pensado para estar dentro del agua, además de que venimos corriendo diariamente y con muy buen nivel. De todas formas, supongo que reconocer las limitaciones de cada uno es una virtud. O en criollo: soldado que huye, ¡sirve para otra guerra!

miércoles, 8 de febrero de 2012

Costa Rica

A Leonardo lo conocimos en la puerta de un supermercado mientras esperábamos un bondi que nos llevara a Pavones, nuestro primer destino en Costa Rica. Estábamos con dos gringos que habíamos conocido en la frontera y que venían también para estos pagos. Entonces Leonardo bajó de un carro, que manejaba un yanqui pelilargo cerveza Guinnes en mano, y se ofreció a llevarnos por dos dólares. Aceptamos.
Pedimos que nos acerquen a algún camping pero, como no conocían ninguno, Leonardo dijo que podíamos acampar en su casa por cinco dólares cada uno. Era mucho menos de lo que pensábamos pagar así que el sí fue automático. Podíamos usar, además, el baño, la cocina y la heladera.
La casa de Leonardo es muy precaria. Consta de un techo de chapa, con cuatro subdivisiones adentro: tres habitaciones y una cocina comedor. Allí viven, además del propio Leonardo, su esposa Tita y tres de sus hijos: Adriana, Esteven y Daniel. Otros dos, más grandes, viven en pueblos vecinos. Pero como el terreno es inmenso (“casi 4 mil metros cuadrados”, contó Leonardo mientras mostraba su sonrisa orgullosa) también instalaron su casa una de sus hijas, quien vive con su esposo; y su cuñada con la familia: mamá, papá y cuatro pequeños hijos.
De modo que esto es un pequeño vecindario, donde muchos niños van de un lado a otro, andando en bicicleta, jugando al fútbol, haciendo travesuras. Es divertido porque nos levantamos, desayunamos a la sombra de un árbol sentados en una lona, mientras ellos juguetean alrededor nuestro haciéndonos todo tipo de preguntas.
Si uno tendría que elegir un oficio para ejercer por estos lados, sin duda hay uno que esquivaría: el de jardinero. Seis meses de sequía hace que no crezca el pasto, ni las plantas, ni nada. Todo se mantiene solito, con el rocío de las noches y el sol durante el día. Increíblemente, Leonardo es jardinero, así que está desocupado. En estos tiempos se dedica hacer alguna que otra changa, que incluso a veces compromete a su hijo Esteven, quien debe acompañarlo, como hoy, no pudiendo asistir a su primer día de clases. La que para la olla es Tita, trabajando como ayudante de cocina en un restaurant por poco más de diez dólares el día.
Pavones
El tema de amanecer es complejo, y todo por culpa de un gallo que, o es un pelotudo, o nos está tomando el pelo. A las cuatro de la mañana lanza el primer quiquiriquí, pero lo hace como ahogado, disfónico. La primera vez que lo escuché pensé que se había equivocado la hora, primero; y que estaría aclarando la voz, segundo. Pero no. El muy jodido tiene esa voz de mierda que, con el correr de los minutos, te va poniendo como nervioso. Y entonces uno da vueltas y vueltas dentro de la carpa y piensa, pero qué gallo hijo de puta si por lo menos lo haría bien. Ya para cuando el sol asoma sobre las ligustrinas me levanto, lleno de ira, queriendo ahorcar a ese animalito de granja que aún no sé para qué sirve. Pero eso dura poco, por suerte. El verde perfecto del patio, el ruido del mar que está a poco más de cien metros y que escuchamos durante toda la noche, la tranquilidad de un pueblo que no conoce asfalto ni autos ni empresas ni horarios, y la ola más larga del mundo hacen que vuelva en mi esa cosa armoniosa, aire agradable que me hace levantar a Vero con besos y mimos para comenzar un nuevo día de este viaje.