lunes, 15 de septiembre de 2014

Mendoza

Mendoza me sorprende porque su ritmo de gran ciudad es silencioso. Es decir: siempre están las bocinas, las sirenas, el bullicio, pero todo transcurre a bajo volumen. Las calles anchas indican la previsión arquitectónica de una urbe que conoció la destrucción total en el terremoto del 20 de marzo de 1861. El francés que la construyó nuevamente dispuso hacerla de modo que si todo vuelve a caerse, que al menos quede un sendero por donde transitar, según me explica Evaristo, nuestro anfitrión de Couchsurfing.
Los árboles que se erigen altos y verdes son un premio a la inteligencia, si recordamos que Mendoza es un desierto y toda la vida que crece, incluyendo los parques y plazas, se deben al trabajo del hombre y sus sistemas de riego. Al costado de las veredas (también anchas, cómodas para caminar aunque sea en hora pico) están las acequias, que en algunas cuadras, en un exceso de paquetería, revistieron con piedras. En sitios más alejados es importante mirar adonde se pone el pie.
El Parque San Martín se anuncia con un portón de entrada de casi siete metros conformando una obra metalúrgica de alto impacto visual. Pasado ese umbral, se disponen casi 400 hectáreas donde se encuentran, entre otros edificios, la Universidad Nacional de Cuyo, el Estadio Islas Malvinas y dependencias de las Fuerzas Armadas. Allí se concentran quienes buscan amplios espacios verdes donde pasar la tarde o practicar deportes.
El tranvía es la vedette que se lleva todas las atenciones. Está en funcionamiento hace dos años y por algunos comentarios entiendo que antes la gente lo miraba con distancia pero finalmente ahora lo aborda como un medio de transporte más. Tiene el mismo precio que el colectivo, es eléctrico y tiene algunas ventajas de frecuencia y recorrido respecto a otros medios.
A la tardecita los cafés y heladerías de las principales avenidas se colman de transeúntes que salen del trabajo o la facultad. Las plazas encienden sus luces, los lustrabotas franelean los zapatos de quienes aún resisten la tradición del traje (que no son pocos) y los artesanos disponen sus trabajos a la espera de compradores, si son chilenos mejor; y eso no es raro, estamos tan cerquita…





miércoles, 10 de septiembre de 2014

Desprender del sur

Es sábado a la tarde y Malargue se estira en su larga avenida como desperezándose de una siesta justificada. Caminamos con el objetivo de aflojar las piernas y damos con el planetario municipal, un edificio posmoderno donde proyectan videos que parecen en 3 D referidos a la vida en el espacio. Pagamos la entrada de 30 pesos y nos sentamos en las butacas 7 y 8. La sala está llena de estudiantes secundarios cordobeses que no cesan en su asombro, al igual que nosotros, que reclinados en nuestros asientos miramos el techo circular donde espirales de colores parecen transportarte a la estratósfera.
Al día siguiente partimos temprano hacia Los Molles (donde nos encontraríamos con mi hermana y su familia), un pueblo de montaña donde casi no vive nadie y que es punto de acceso al centro de esquí de Las Leñas. El frío es tan intenso que al día siguiente caen del cielo incesantes copos de nieve que no llegan a formar un piso blanco aunque sí alcanza para arrancarle una sonrisa a los recién despiertos, que somos todos.

Antes de partir hacia San Rafael visitamos los atractivos del lugar acompañados por la troupe familiar: el Pozo de las ánimas y la Laguna de la niña encantada. El primero, como indica su nombre, es una inmensa grieta de incalculables metros con agua verdosa en el fondo lejano. El pozo sorprende por su profundidad y el vértigo que suscita a quienes lo miran de cerca. La segunda visita tiene como correlato una leyenda: una joven indígena escapaba junto a su amante porque su tribu pretendía casarla con otro hombre. En la huida se toparon con la laguna y, ante el terror que les significaba separarse, decidieron saltar hacia el vacío y preferir el suicidio. En lo alto, una piedra vertical simboliza a la bruja que los perseguía, quien quedó allí petrificada por un rayo. En la laguna pueden verse algunas truchas andar despreocupadas: aquí nadie las pesca.

San Rafael

Después de algunos kilómetros la ruta 40 se hunde en un ripio desaconsejable y su lugar lo ocupa, diría naturalmente, la ruta nacional 144 que oscila entre las rectas infinitas y la penetración de paisajes surrealistas como la cuesta de los terneros. San Rafael comienza algunos kilómetros antes, a la vera de la ruta, con decenas de fincas que ofrecen vinos, aceites (de oliva, preferentemente), miel y dulces. Allí está el corazón de la actividad económica de la ciudad y de la provincia.
Luis, nuestro anfitrión en couchsurfing, se ocupó de que viviésemos dos fenómenos tan superlativos como distintos.
El primero tiene que ver con lo humano: nos hizo parte de su grupo de amigos, que es grande, joven, plural y artístico. Romi, Andrés y Lucas nos entibiaron el alma con sus zambas, tonadas cuyanas y otros ritmos populares al son de las guitarras, el bombo y el cajón peruano, siempre con el vino tinto arriba de la mesa.
En una de esas noches, sucedió el siguiente diálogo:
-Le obligo –Lucas me alcanza el vaso con vino recién servido.
Yo lo miro extrañado y él comprende que desconozco el código.
-Vos tenés que decir “le pago”. Eso se usa para invitar a un compañero a tomar una copa –explica cordialmente y la amabilidad parece ser en él un rasgo característico porque se toma el tiempo necesario para enseñarnos todo lo que desconocemos sobre la cultura cuyana, como el cogollo (un canto que cierra las tonadas para dar el nombre de quien las recibe) o leyendas populares.
El segundo fenómeno corresponde a la naturaleza de San Rafael, que es magnánima y grandilocuente. En el primer paseo visitamos Valle Grande y el Cañón del Atuel, formaciones geológicas que desafían la vista con sus colores y formas cambiantes. El recorrido son ochenta

kilómetros por un camino de ripio y sinuoso, que en momentos costea el río, y que desemboca en el Lago Nihuil, tristemente conocido porque allí se realizaron vuelos de la muerte durante la última dictadura militar. El segundo paseo fue a Los Reyunos, un lago espejo rodeado por montañas áridas y rojizas, donde el silencio es absoluto. Allí buscamos un mirador, bajamos nuestros petates y nos dispusimos a pasar algunas horas de la tarde soleada junto a nuestros amigos mendocinos. Fueron ellos los que nos contaron que casi todas las bajadas naturales hacia el lago habían sido privatizadas y las que aún no, estaban pronto a serlo. La misma queja repitieron en referencia al Valle grande, lo que da cuenta de que la ola privatizadora se expande como un cáncer.
A Luis le gusta hablar pero no se atolondra. Responde a cada una de nuestras preguntas con paciencia docente, esforzándose para satisfacer las inquietudes que le planteamos a cada momento.
-Mendoza es un desierto, calor de día y frío de noche. Acá llovió una sola vez en los últimos seis meses. Por eso se dan este tipo de producciones que vos observás. Por eso las parras, los olivares. La provincia de Mendoza tiene un Departamento de Irrigación que se ocupa de planificar, entre otras tareas, las obras que garantizan agua en los campos. En la parte rural, cada propietario tiene un turno de riego, con el objetivo de administrar el uso del recurso. Las fincas tienen una entrada de agua conectada al canal que le corresponde, con una compuerta que es manipulada por el Tomero, persona responsable de levantarlas. Toda el agua proviene del deshielo.

Por la noche Luis nos lleva a ver el dique del río Atuel y es imponente porque se trata de un paredón que podría estimar en más de cincuenta metros. De un lado el agua calma y contenida por las compuertas cerradas; del otro la sequedad absoluta. Esta fluctuación de agua y polvo es constante en cualquier lugar, ya que el recurso hídrico es administrado con celo alemán. Y no es para menos en una provincia que a pesar de las hostilidades del tiempo (sequía constante, heladas tardías) vive de las bonanzas de la tierra. Y del trabajo de la gente, por supuesto, que es mayúsculo, y que implica a miles de los llamados trabajadores golondrinas, característicos por migrar constantemente de cosecha en cosecha.

Casi doscientos kilómetros hacia el lado de la cordillera, la ciudad de Tupungato se presenta como la capital nacional de la nuez, aunque también es reconocida por sus bodegas, que son muchas, y pueden visitarse fácilmente, ya que todas tienen previsto y organizado el turismo vitivinícola. Por módicos veinte pesos una de las empleadas de la bodega Giaquinta nos hizo un recorrido por la fincha, mostrándonos y explicándonos las etapas que recorre la uva hasta convertirse en vino.
-Este vino se vende localmente, no llega a los supermercados grandes; la mayoría se exporta a Brasil, Estados Unidos, Italia. Vender acá es muy difícil por la red de comercialización. Estas son las barricas de roble donde almacenamos el Malbec, que es nuestro caballito de batalla. Los otros vinos se almacenan en piletones. Otros están chipeados (con chips de roble) como el sirah-bonarda.
Después de recorrer el depósito de almacenamiento subimos adonde se encuentran el resto de las empleadas ejecutando distintas funciones como etiquetando, colocando el corcho, llenando las botellas, en ese momento, damajuanas de casi 5 litros.
-Las damajuanas se venden bastante porque son mucho más económicas que las botellas –dice nuestra guía y estira su brazo canela a la pila de botellones que se encuentran a la venta.
El final de la visita es previsible: la degustación. Son las once de la mañana, tengo el estómago vacío y el vino entra a mi cuerpo como pidiendo permiso. Pero también noto que eso sucede con el primer sorbo porque al rato le pido otra copa. Me subo a La Bartola con los dientes violetas y la boca sonriente. El sol cae vertical y poderoso como hacía tiempo. Nosotros avanzamos, también como siempre, a paso lento pero constante hacia nuestro próximo destino: Mendoza.




jueves, 4 de septiembre de 2014

Adiós a la Patagonia

La ciudad de los peces

Junín de los Andes es un pueblo uniforme de casas bajas y calles de tierra. La ruta 40 lo divide en dos, como una  arteria que se mueve constante en un pueblo calmo, donde por momentos sólo se escuchan los perros, que los hay de a montones. El turismo pesquero, principal actividad económica de la ciudad, se extiende desde noviembre a abril: allí los turistas se descansan en el Lago Huechulaufquen y los arroyos y ríos cercanos.
Los peces están presentes a cada vistazo: en los carteles que indican el nombre de la calle, en los picaportes de la puerta de la Iglesia, en las vidrieras de los comercios. Todo remite a esa actividad que, en este sitio en particular, se caracteriza por la devolución de lo obtenido en el agua.
De pronto, motivados por Inés (nuestra anfitriona de Couchsurfing), nos encontramos caminando hacia el Cerro de la Cruz, en busca de un parque escultórico. Allí Vero dice que no entiende cómo nunca nadie le habló de este lugar. Y lo que quiere decir es cómo, en la Universidad, en Bellas Artes, en la carrera de Historia del Arte, nunca nadie le habló del Vía Christi, un parque temático que se propone recorrer la vida (y esto es lo novedoso, en contraposición de los vía crucis que figuran sólo los últimos momentos de sacrificio) y la muerte de Jesús, en un fabuloso sincretismo con la cultura mapuche.



Específicamente se trata de 23 estaciones circulares, denominadas “solados” (ya que representan al sol como mandalas) de 12 metros de diámetro que conforman un recorrido de dos kilómetros, donde se encuentran esculturas de gran tamaño realizadas por el artista local Alejandro Santana, junto a muestras del arte precolombino y pinturas rupestres del Neuquén, en un marco discursivo potente, que pone de manifiesto las contradicciones de quienes embanderados en la religión católica cometieron crímenes atroces, como Julio Argentino Roca y la “conquista del desierto”.
Las esculturas impactan por su gran tamaño y por su realismo, que no conoce límites: en una de las estaciones Jesús le lava los pies a Doña Rosa Cañicul, una machi (sabia mapuche) del pueblo que falleció hace unos meses, en una fusión que logra traer al presente palabras sagradas que a veces mueren en el papel. En otra estación, María Magdalena está representada con la figura de una muchacha del pueblo.
El sincretismo (fusión de visiones del mundo, en este caso católica y mapuche) no queda allí, y se extiende a la iglesia central que exhibe en su altar a la Virgen María con vestimenta mapuche y a Laura Vicuña abrazándola, esta última beatificada por Juan Pablo II en 1988. La Iglesia Nuestra Señora de las Nieves es una obra arquitectónica que exhibe plantas en su altar circular, vitraux en los altos con imágenes de Laura Vicuña y la obra salesiana, y una finísima construcción que incorpora lo gótico exponiendo la complejidad en la trama de sus techos.


Algunas cuadras hacia abajo el río Chimehuín, no muy ancho pero de gran caudal y donde, según Inés, quieren desarrollar la cuarta ¿se dice pista? de kayak del país. El mismo Santana elaboró un proyecto para embellecer la rivera, que actualmente es de calle de tierra, con poca luz y casas precarias ubicadas en terrenos inundables.
Después de dos noches en Junín de los Andes seguimos nuestro camino (siempre sobre la ruta 40) hacia Zapala, una ciudad de 40 mil habitantes en la que se destaca, además de su nueva plaza principal con bancos de piedra y madera, el Museo Olsacher, que reúne más de tres mil minerales y fósiles, siendo el más importante de América latina en el género.
Sobre la avenida principal, donde pueden verse algunos militares andando de un lado a otro, debido a que allí reside un destacamento del Ejército, se encuentra el cine Amadeo Sapag, obra construida con lajas, la piedra característica del lugar.
Nosotros hicimos noche en la casa del padre de Andrés junto a dos hermanos ciclistas brasileros que al día siguiente alcanzamos en La Bartola hasta Las Lajas, ellos con el objetivo de llegar a Caviahue, nosotros abordando un largo camino hacia cuyo.


Volviendo a la ruta, y luego de unos kilómetros de estepa, el paisaje retoma sus contornos prominentes, en un marco de aridez, donde los colores oscilan entre el dorado de los arbustos que nacen a pesar de todo de las rocas oscuras, con un fondo de montañas y volcanes nevados. Pueden observarse rebaños de cabras que ocupan impunemente el asfalto, pero no mucho más. El tránsito es casi nulo y sólo es posible cruzarse con camiones que se dirigen a los distintos enclaves petroleros y mineros de la región.
Luego de pasar por Chos Malal (“la ciudad que nunca se abandona” en mapuche), llegamos a Buta Ranquil, un pequeñísimo pueblo de calles de tierra, casitas con ventanas diminutas y viento intolerable. El polvo (que hace cerrar los ojos hasta a los lugareños) sólo es aplacado con el paso de la máquina municipal que echa agua en todas direcciones.
No me pareció extraño que no haya nadie en la calle ni bien llegamos. Eran menos de las cuatro de la tarde y la siesta en los pueblos es un rito sagrado. Cuando tampoco hubo nadie ni a las seis de la tarde ni a las siete, entonces recordé lo obvio: el clima configura la vida de las personas y todo lo que la rodea.


miércoles, 27 de agosto de 2014

San Martín de los Andes

La ruta 40 no se cansa de sus curvas y contracurvas, de sus movimientos ascendentes y descendentes, de sus presentaciones de color, de sus tamaños imposibles. Llegando a San Martín de los Andes orillea el Lago Lacar, el primero de los siete si se piensan de norte a sur. La postal es rotunda: al fondo la bahía de arena y más acá los yates relucientes en el lago espejado; hacia los lados el verde de los pinos; y arriba, el cielo celeste puro.
Es domingo al mediodía y el sol estalla los ojos de los sorprendidos, que son todos: 18 grados centígrados un 20 de agosto es inusual y la preocupación es tanta que hasta piensan cerrar el centro de esquí Chapelco, que apenas puede tener un poco de nieve gracias a las máquinas que la fabrican durante la noche. Casi nada se escucha del calentamiento global, al fin y al cabo, único responsable del fenómeno.
Una piba del PTS me entrega un volante invitándome a una proyección de un documental sobre el genocidio del pueblo palestino perpetrado por el Estado de Israel. Así me lo explica, pero su prédica parece sorda ante los oídos de los transeúntes que se agolpan en las chocolaterías, los comercios infinitos de la avenida San Martín y las prolijas veredas con cerezos de jardín florecidos.


El tránsito parece funcionar perfecto y armoniosamente: los autos frenan ante cada peatón, puede estacionarse libre y gratuitamente en cualquier sitio, el sentido de las calles se ajusta sutilmente a las necesidades que puedan surgirle a quienes se mueven en el espacio céntrico. Más allá de eso hay barrios de toda clase, desde las casitas construidas irregularmente en la montaña hasta los clubes de campo.
Los restaurantes, que son muchos, ofrecen trucha, jabalí, ciervo, picadas regionales a un precio por persona que oscila entre los 120 y los 250 pesos y casi todos están llenos, sobre todo a la noche, que es cuando los turistas descienden del cerro luego de una jornada de esquí.
Los de a pie son oriundos de diversos lugares, sobre todo chilenos y brasileros, en menor medida uruguayos, muchos argentinos. El fluir de la gente es constante, pero no caótico, y la avenida principal es el paseo obligado para quienes buscan comprar cualquier cosa. Y al turista le gusta comprar cualquier cosa, porque para eso vinieron de vacaciones, para gastarla (algunos incluso se justifican so pretexto de que para cuidar el mango están los 350 días restantes, aunque quienes visitan estos lares no son precisamente los trabajadores asalariados que gozan de una quincena al año sino sus patrones, los que pueden hacerlo cuando quieren) y no medirse en gastos.
Como un grito en el desierto, como un faro desesperado queriendo decir algo (igual que los militantes del PTS que al menos logran hinchar las bolas de las miradas rubias) está el Museo del Che, un sitio histórico porque allí hizo noche Ernesto Guevara junto a su compañero Alberto Granado en su primer  viaje por tierras lejanas. Es un Museo que sostiene ATE (Asociación de Trabajadores del Estado) y que cuenta con videos, libros, multimedia y fotografías con leyendas. No tiene ningún objeto personal del Che: sólo montan el pequeño espacio en el piso superior donde pasó la noche junto a unos fardos. El sitio se llama La Pastera y, en los tiempos donde el Che estuvo, era administrado por Guardaparques. Sin ningún objeto que enseñar, su pensamiento resuena por todas las paredes, en decenas de formatos, con la intención de dar testimonio y mantener vivo su (a veces incomprendido) auténtico pensamiento político y económico.

San Martín de los Andes es una de esas ciudades que uno podría catalogar de hermosas. Y ya no me refiero a la ciudad en sí misma sino a todas las bellezas naturales que la rodean que son infinitas. De allí parten cientos de caminos con destino a lugares tan inhóspitos como mágicos. A tan sólo un kilómetro la playa Catitre es la preferida por su cercanía al centro, pero más allá existen sitios como el Lago Meliquina, el Quila Quina y sus cascadas (administrado por mapuches), los miradores como el Arrayán. La inmensidad de los lagos se brindan democráticamente a todos los que quieran disfrutarlo, a diferencia del Cerro Chapelco, exclusivo para quienes se ponen con la suma de muchos billetes de 100 que permiten ascenderlo en telecabina, aerosilla o teleférico. 

lunes, 18 de agosto de 2014

Rodeando el Nahuel Huapi

Llegando desde El Bolsón, Bariloche te recibe con una imagen tan real como inesperada: los barrios de los altos, donde habitan miles de familias en condiciones arquitectónicas asombrosas (casi todas casillas de chapas, algunas con ventanas de nylon) si se consideran las heladas y la temperatura que, durante meses, no supera los diez grados. La ruta 40 abandona sus paisajes psicodélicos de montañas verdes inmensas, lagos de colores y picos nevados para dejarle lugar a la ciudad que irrumpe con sus suburbios abandonados (calles rotas, basureros al aire libre), notorio contraste con las suizas calles del centro, abarrotada de chocolaterías, cervecerías artesanales y hoteles.



El Centro Cívico, construido en piedra y madera, es la postal elegida para las fotos, con los perros San Bernardo explotados impunemente para que una viva se haga unos pesos. Me acerco a tocarlos y la vista de la rubia carpetita en mano me fulmina. Es la Fiesta Nacional de la Nieve. Un gran escenario espera por Las Pelotas, Soledad y otras bandas locales invitadas, entre las que se encuentra Akaya, ensamble de percusión de unos amigos. Hace mucho frío, tal vez grados bajo cero, pero la gente acompaña el evento como puede, manos en los bolsillos y combatiendo la temperatura a puro movimiento corpóreo.
Las veredas se atestan de gente de todos lados que viene y que va. Muchos brasileros, algunos europeos, argentinos provenientes de infinitos lugares, egresados caras largas que caminan como zombis. Bariloche continúa siendo la referencia de la Patagonia, la metrópoli que concentra a quienes buscan diversión, restaurantes, bares y al mismo tiempo con la posibilidad de practicar deportes extremos aprovechando el mayor centro de esquí de Latinoamérica.
A diferencia de El Bolsón, donde cualquiera se vuelca a la Feria para hacerse de unos mangos, acá los locales buscan hacerse lugar en los trabajos de temporada, que son bien pagos y se extienden por sólo dos o tres meses y que se circunscriben, en su mayoría, a trabajos gastronómicos en los cerros.
El jardín de la Patagonia
Rodeando el Lago Nahuel Huapi por Bustillo, en dirección contraria a los kilómetros, se sale a la ruta 40 (ex ruta 231) que conduce a Villa la Angostura, un pequeño pueblo de montaña característico, entre otras cosas, por el alto poder adquisitivo de sus habitantes, fácilmente visible en los autos últimos modelos y los comercios del centro que conforman un paseo típico de quienes visitan lo que un cartel en la ruta presenta como El jardín de la Patagonia. A juzgar por sus espacios naturales habría que darle la razón: en la zona del puerto, a tres kilómetros del pueblo, boca de entrada al Bosque de Arrayanes (único en el mundo), el lago Nahuel Huapi se presenta verdoso y ancho. Las montañas lo contienen pero maginifican la visión. Un muelle de tablones de madera se adentra unos veinte metros y allí anclan las embarcaciones que llevan a los turistas a diferentes atractivos.

Del otro lado de la pequeña península se conforma una playa ideal para descansar, leer, matear, dormir. Y a menos de mil metros, Laguna Verde, también un sitio imperdible para pasar la tarde. Una caminata a su alrededor lleva 45 minutos por senderos que se hacen lugar entre los árboles altísimos y flores silvestres.
Nombrar todo lo que hay para ver en Villa la Angostura sería tedioso porque es bella desde donde se la mire, aunque su avenida principal, de boulevard y macetas con plantas, es contaminada asiduamente por cientos de camiones que se dirigen a Chile y no tienen camino alternativo. Algunos carteles en los comercios dan cuenta de esta problemática, en una sociedad que lucha por conservar un pueblo silencioso.

Ante la inexistencia de una Feria de Artesanos armamos la mesita en el centro con la camioneta detrás pero no vendimos nada. Raro, porque había mucha gente paseando y gastando. Algo significará, entiendo, que después elijan comprarlo más caro en la casa de diseño donde finalmente vendimos algunos. 

lunes, 11 de agosto de 2014

El Bolsón: últimas consideraciones

Afuera llueve como si fuera la última vez. Cortinas de agua caen pesadas sobre la tierra, sobre los techos, sobre los perros que parecen acostumbrados a todo. Salgo, de todos modos, a caminar en un ratito donde para; lo hago dirección a la biblioteca municipal Facundo Sarmiento que se encuentra frente a la plaza principal. Adentro hay unos pibes que susurran, pero no alcanzo a escuchar. Me acomodo frente a la ventana con un libro que tomo de las estanterías y El Bolsón se me abre como una flor de loto. Una vez más me encuentro sentado, mirando por la ventana al pueblo, estudiándolo, como lo hacía días atrás desde la estación de servicio donde daban los partidos del mundial y contemplaba la gente pasar, cada cual en su instancia, en su momento, con su rollo, con sus vidas.

A lo lejos unos artesanos combaten el clima a petaca y porro, bajo unos árboles. El Piltri apenas se deja ver entre las nubes plomizas y bajas. Los bondis pasan lanchando en dirección a Golondrinas (la zona de chacras), Lago Puelo o Mallín Ahogado. ¿Qué más debo contar de este pueblo? Ya hablé de su bohemia, de sus almacenes naturales, sus espacios holísticos. No quiero olvidarme de las bandurrias, un pajarraco más grande que el tero, de pico largo y fino que, generalmente, aparece con el solcito; tampoco de las nueces, ni de la miel, que su sabor es radicalmente distinto a la de la pampa, digamos menos dulce.
Esta parte de la Patagonia es productora de cerveza artesanal, ya que el cultivo de lúpulo se encuentra favorecido por el clima. Es normal hacer cerveza casera, que difiere de la artesanal en que es producida por única vez. De hecho, algunos bares o centros culturales la fabrican para alguna ocasión en particular. También se consigue de diversos sabores, como sea de frambuesa o de alguna otra fruta fina como la grosella o el arándano o rosa mosqueta, que crecen silvestres, a la vera de cualquier camino.

Por último pensaba que lo interesante de este pueblo es la confluencia de infinitos actores que hacen de El Bolsón un sitio único e incomparable: familias porteñas hinchadas las pelotas de la Capital, jóvenes ansiosos por encontrar su lugar en el mundo, hippies cincuentones, más familias alojadas en Bariloche que hacen un día de feria y regresan, empleados petroleros de Comodoro Rivadavia, alemanes y franceses fascinados con la vida sencilla de pueblo, montañistas, artesanos de cualquier parte, militantes, mapuches. En muchos lugares se encuentran estos personajes, en pocos confluyen con tanta notoriedad.  

Una confirmación de que las prácticas sociales se ponen en crisis para poder mejorarlas podría ser la cartelera del Centro Cultural de Epuyén, donde la gente escribe en un pequeño cartel lo que da y lo que recibe. ¡Y pensar que algunos creían que el trueque había muerto hace más de diez años! Carolina pone que da clases de guitarra, trabajos en el jardín y recibe verduras y pintura para darle color a su casa. Cada uno se acomoda en función de lo que puede dar y lo que necesita bajo la premisa de que debe imperar la capacidad de dar. Más aún, bajo la premisa de lo que se recibe siempre es más de lo que se da.
En la era del capital financiero trasnacionalizado, estos cartelitos no son ingenuos; más bien hablan de una revolución silenciosa, una grieta que resquebrajó la indiscutible monotonía de relacionarnos por medio del dinero. El tiempo dirá si estas prácticas (anticapitalistas) quedan relegadas a un grupito de personas en un lugar determinado o si se expanden más allá.